Evolución de la Victimología: Análisis de Hechos y Acontecimientos Históricos Clave en su Creación, y la Dinámica del Olvido, Redescubrimiento y Protagonismo de la Víctima.
La victimología como disciplina científica es relativamente reciente, sus orígenes se remontan apenas a la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, este surgimiento responde a importantes transformaciones históricas en las concepciones sobre el delito, el delincuente y la víctima. Durante siglos, el derecho penal estuvo dominado por una visión donde el infractor era el centro de atención, en desmedro de las víctimas que eran olvidadas tras el acto victimizante (Rodríguez Manzanera, 2015). Este paradigma comenzó a resquebrajarse de forma progresiva a partir de múltiples factores históricos.
Uno de los principales hitos fue la
incorporación de los derechos humanos en el sistema internacional tras los
horrores de la Segunda Guerra Mundial. El reconocimiento de que las víctimas de
crímenes atroces durante el nazismo merecían reparación sentó jurisprudencia
sobre los derechos de las víctimas frente al Estado y victimarios. Asimismo, en
las décadas siguientes, los movimientos por los derechos civiles y contra la
discriminación pusieron sobre la mesa las dinámicas de victimización sobre
minorías y grupos históricamente oprimidos (Beristain, 2009).
Ello coincidió con cambios sociales
fundamentales como la masificación de los medios de comunicación. La radio
primero y luego la televisión comenzaron a difundir imágenes y testimonios
directos de víctimas de crímenes antes ignoradas. Esta visibilización mediática
sensibilizó a la opinión pública y sirvió de catalizador para el surgimiento de
organizaciones de apoyo y reivindicación victimológica (Sangrador García,
1996).
Así, para la década de los 60 ya estaban
dadas las condiciones para el nacimiento de la victimología como
especialización enfocada en las víctimas del delito y la violencia política. Su
institucionalización comenzó con la fundación de centros de investigación y
sociedades victimológicas en Europa y Estados Unidos, así como con la
publicación de obras fundacionales de autores como Mendelsohn, von Hentig y
otros pioneros.
A fines del siglo XX, con la victimología
consolidada internacionalmente, América Latina comenzaba también a desarrollar
sus propuestas teóricas y de política pública sobre las víctimas. Nuestra
región no estaba exenta de las dinámicas históricas descritas, con violentos
conflictos políticos y sociales que dejaban miles de víctimas silenciadas e
ignoradas. Los activismos por verdad y justicia tras las dictaduras, así como
los estudios de femicidios y otras formas de victimización masiva, potenciaron
nuevos abordajes (Carcedo et al. 2011).
Es preciso contextualizar la ola de
protestas que sacudió a varios países de América Latina en 2021 dentro de un
cuadro de largas y crecientes desigualdades, pobreza, desempleo, corrupción e
ineficiencia estatal agravadas por la pandemia. Millones de personas salieron a
las calles a manifestar pacíficamente su hartazgo.
Sin embargo, los Estados respondieron en
muchos casos con violencia institucional desmedida. La represión policial y
militar dejó decenas de víctimas fatales en Colombia y Perú, centenares de
heridos de gravedad y miles de detenidos. Material gráfico ytestimonios
estremecedores dan cuenta de uso excesivo de la fuerza, tortura, tratos
crueles, detenciones arbitrarias y criminalización de la protesta.
Estos graves hechos no pueden ser tolerados
ni quedarse en la impunidad. Representan crímenes de lesa humanidad que deben
investigarse a fondo, juzgar a los responsables y transformar los protocolos de
actuación policial bajo estándares de derechos humanos.
Asimismo, es urgente implementar medidas
integrales de reparación y atención en salud física y mental para estas
víctimas por parte de los Estados, incluyendo compensaciones económicas a
familiares de manifestantes asesinados y apoyo psicosocial para constructed de
proyectos de vida tras estas experiencias traumáticas.
La voz y el testimonio transformador de
estas nuevas víctimas debe erigirse ahora en bandera ética de toda América
Latina. Exigiendo verdad y justicia ante tribunales nacionales e
interamericanos.
Sin duda, la primera obligación ética de los
Estados donde ocurrieron estas graves violaciones de derechos humanos es
hacerse cargo con todo el peso de la ley. Investigando a fondo cada caso,
sancionando a toda la cadena de mando responsable, desde los agentes que
dispararon o torturaron hasta los altos mandos políticos que dieron las
órdenes.
Pero la sanción penal debe complementarse
con una revisión profunda de los protocolos y capacitaciones en control de
multitudes y uso de la fuerza. Es evidente que hay graves déficits de formación
en los cuerpos policiales y fuerzas militares sobre estándares de
proporcionalidad y excepcionalidad en el tipo de armamentos y tácticas
utilizadas para dispersar protestas.
Se requiere introducir reformas
institucionales integrales, bajo asesoría de expertos independientes en
derechos humanos, para adecuar doctrinas y entrenamiento a un perfil
democrático de actuación policial respetuosa de la protesta social.
Asimismo, es momento de abrir un amplio
debate público sobre el rol que se le asigna históricamente a policías y
militares en la región. Persisten visiones autoritarias y belicistas que
conciben el orden interno como un campo de batalla contra un “enemigo interno”
que debe ser neutralizado. Es hora de desterrar esa peligrosa doctrina
contrainsurgente para formar cuerpos profesionales que comprendan su función
como garantes de derechos ciudadanos.
Ello solo puede lograrse en el marco de
democracias más inclusivas y participativas. Donde la protesta y el disenso
sean vistos como valores cívicos y no amenazas al statu quo. Y donde los
derechos económicos y sociales tengan el mismo nivel de protección que las
libertades políticas formales. Revertir la militarización en América Latina
requiere reducir la conflictividad redistribuyendo poder y riqueza. Si no habrá
sociedades cada vez más desiguales, Estados más represivos y nuevas
generaciones de víctimas por la violencia institucional. Así debemos
comprenderlo y actuar en consecuencia por un futuro más justo.
Del mismo modo, el asesinato de defensores
de derechos humanos y líderes sociales en Colombia y México en cifras récord,
visibiliza un tipo de víctimas invisibles que requieren programas de protección
y acción penal efectiva. Y discursos como los de opositores nicaragüenses
exiliados tras persecución política dan cuenta de procesos de victimización
colectiva ante regímenes autoritarios.
Resulta evidente que en nuestra región
persisten serios déficits históricos en la protección, atención y reparación a
las víctimas más vulnerables, desde los pueblos originarios diezmados en la
conquista, hasta comunidades campesinas desplazadas por conflictos armados y
activistas perseguidos políticamente en tiempos recientes.
Son siglos de exclusión institucionalizada y
negación de derechos fundamentales que recién en las últimas décadas comienzan
a revertirse parcialmente gracias a las luchas de movimientos y organizaciones
sociales que lograron instalar en la agenda pública las demandas de verdad,
justicia y reparación para sus casos de victimización colectiva.
Sin embargo, esos logros parciales mediante
comisiones de la verdad, juicios históricos o leyes de víctimas siguen
constituyendo más bien una excepción que regla en el continente. Persisten
altos grados de impunidad en casos de lesa humanidad, así como graves déficits
en políticas integrales de atención a víctimas de otras formas de criminalidad.
Por ello, el principal reto político y ético
que enfrentamos como región es culminar esos procesos inconclusos y garantizar
su institucionalización efectiva y permanente para tutelar los derechos de las
actuales y futuras generaciones de víctimas.
Los Estados nacionales deben comprometer
reformas legales, institucionales y presupuestarias. La sociedad civil
articularse para incidir colectivamente. Y desde el campo académico nos
corresponde generar pensamiento crítico y propuestas técnicas para catalizar
dichas transformaciones por la vía de nuestros respectivos ámbitos de
especialización.
Ahí radica la responsabilidad indelegable de
la criminología victimológica contemporánea, en desplegar toda nuestra
creatividad intelectual y compromiso social para coadyuvar a ese anhelo
histórico de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición que
reclaman las víctimas latinoamericanas. Ahí está nuestro desafío como futuras y
futuros profesionales de estas disciplinas en la región de mayor desigualdad
del planeta.
Referencias.
Beristain, A. (2009). Victimología: Nueve
palabras clave. Valencia: Tirant lo Blanch.
Carcedo Cabañas, A., Sagot Rodríguez, M. y
Guido Núñez, L. (2011). Femicidio en Costa Rica: La vida arrebatada.
Organización Panamericana de la Salud. https://iris.paho.org/handle/10665.2/4472
Naciones Unidas. (2018). Historia de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos [Fotografía]. Naciones Unidas. https://www.un.org/es/about-us/udhr/history-of-the-declaration
Rodríguez Manzanera, L. (2015). La
victimología. Estudio de la víctima. Porrúa.
Sangrador García, J. L. (1996). ¿Hacia una
nueva ciencia delictológica victimológica?. Eguzkilore: Cuaderno del Instituto
Vasco de Criminología, (10), 189-201.
https://www.ehu.eus/documents/1736829/2010409/10+-+Hacia+una+nueva+ciencia+delictologica+victimologica.pdf
Tribuna Constitucional. (2022, 4 de febrero). La Declaración Universal de Derechos Humanos [Video]. YouTube. https://youtu.be/dgfX_6noLnY?si=FcveJCFitWTbH-Yo

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